La importancia de equivocarse

Si hay una cosa que nos cuesta —mucho— es equivocarnos. Y no hablo solo de rendir mal un examen o mandarte una cagada en el laburo. Hablo de todo: de decir algo y después arrepentirse, de tomar una decisión que no era la mejor, de intentar algo nuevo y fallar. Y más aún: de tolerar lo que eso genera adentro. Porque si equivocarse duele, lo que verdaderamente nos paraliza es la frustración que viene con el error.

Pero, ¿y si aprender a fallar fuera una de las habilidades más importantes para vivir bien?


Errar es (literalmente) aprender

Vamos con la ciencia. El cerebro humano aprende por predicción y error. Cada vez que hacemos algo, nuestro sistema nervioso compara lo que esperaba que pasara con lo que realmente pasó. Si acierta, refuerza conexiones. Si no… ajusta. Y ese ajuste es, en realidad, lo que más nos transforma.

Hay estudios en neurociencia que muestran que cuando cometemos un error y prestamos atención a ese error (en vez de bloquearnos o evitarlo), se activa una zona del cerebro llamada corteza cingulada anterior, que nos ayuda a adaptar el comportamiento futuro.

Cuanto más cómodos estemos con equivocarnos, más rápido podemos evolucionar.

Pero claro, no alcanza con saber esto. Hay que soportarlo. Porque equivocarse también activa otras áreas: la amígdala, relacionada con el miedo y el rechazo social. Por eso nos arde cuando nos equivocamos frente a otros. No es solo mental: es biológico.


La trampa de evitar el error

Desde chicos nos educan para “hacerlo bien”. Si te sacás un 10, te felicitan. Si te equivocás, te corrigen. Rara vez se premia el proceso. Así crecemos con la idea de que el error es algo a evitar. Que es sinónimo de ser torpe, débil o poco inteligente.

Y acá está el problema: si necesito tener éxito todo el tiempo para sentirme valioso, entonces voy a dejar de intentar cosas nuevas. Me voy a quedar en lo que conozco. En lo seguro. Y eso, aunque parezca cómodo, es una receta para el estancamiento.

El miedo a la frustración genera vidas chiquitas.


Frustración: ese músculo que casi nadie entrena

La frustración es la emoción que aparece cuando la realidad no se comporta como uno quiere. Es incómoda, sí. Pero también es la que más nos puede enseñar sobre nosotros mismos: sobre nuestras expectativas, sobre nuestro nivel de tolerancia, sobre cuán rígidos somos con el resultado.

En psicología cognitivo-conductual se trabaja mucho con la idea de tolerancia a la frustración. Las personas que más sufren no son necesariamente las que tienen más problemas, sino las que tienen menos capacidad de manejar lo que no sale como esperan.

Y eso se puede entrenar.

¿Cómo? Exponiéndose, de a poco, al fracaso. Permitirse hacer algo mal. Cocinar algo sin receta. Hablar en público sin tener todo preparado. Jugar un deporte que no dominás. Mandar un mensaje aunque dé vergüenza. Aguantar sin escapar.


Ejemplos de la vida real

  • Cuando aprendiste a manejar: ¿cuántas veces se te apagó el auto? ¿Cuánto puteaste? Pero después… manejás casi sin pensar. La frustración fue parte del proceso.
  • Cuando empezás terapia: muchas veces no te llevás respuestas, sino más dudas. Y eso también frustra. Pero abrir esas preguntas es lo que te transforma.
  • Cuando querés cambiar un hábito: la recaída es parte del camino. No es señal de fracaso. Es parte del cerebro reconfigurándose.
  • Cuando desaprobas una materia de la universidad: Recursarla te sirve para continuar afianzando el conocimiento. No lo tomes como un fracaso.
  • Cuando te equivocas en el trabajo: Aprende del error para no volver a cometerlo. Si te volves a equivocar, que sea con otra cosa. Nunca la misma.

Aceptar el error: un acto de valentía

No es fácil. Porque tocar esa herida interna que nos dice “fallaste” es duro. Pero justamente por eso, aprender a equivocarse es uno de los actos más valientes que podemos hacer. Es darle al error un nuevo lugar: no como enemigo, sino como guía. Como maestro.

Hay una frase muy linda que dice:
“Fallá más rápido, así aprendés más rápido”.

Y tiene sentido. Porque mientras estés evitando el error, también estás evitando el crecimiento.


Mi conclusión

Equivocarse es parte del juego. Tolerar la frustración es parte del entrenamiento. Y si querés vivir una vida rica en experiencias, en aprendizajes, en evolución… no hay otra: tenés que dejar espacio para que el error ocurra. Porque si no fallás, es porque no estás haciendo nada nuevo. Y si no estás haciendo nada nuevo, es porque estás viviendo en piloto automático.

Así que la próxima vez que algo no te salga como esperabas, respirá hondo y pensá: esto también es parte del camino.

¿Y vos? ¿Cuándo fue la última vez que te permitiste equivocarte? ¿Qué aprendiste de eso?

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