El riesgo: desde la prehistoria hasta Wall Street

Introducción

Cada decisión importante contiene una apuesta sobre el futuro.

Cuando elegimos una carrera, invertimos dinero, empezamos una relación, contratamos a alguien o nos mudamos de país, actuamos sin conocer por completo lo que va a pasar. Podemos reunir información, comparar escenarios y tomar precauciones, pero nunca eliminar del todo la posibilidad de equivocarnos.

Durante la mayor parte de la historia, esa incertidumbre se enfrentó de una manera directa. Una tormenta podía destruir una cosecha; una expedición podía no regresar; una enfermedad podía alterar la vida de una familia entera. Con el tiempo, sin embargo, aprendimos algo extraordinario: si no podíamos controlar el futuro, al menos podíamos repartir sus consecuencias.

Así aparecieron los contratos, los seguros, las sociedades comerciales, la probabilidad, la estadística, los bancos y los mercados financieros. Ninguno eliminó el riesgo. Lo que hicieron fue identificarlo, calcularlo parcialmente, transferirlo entre personas y limitar la posibilidad de que un solo fracaso destruyera todo.

El progreso humano, visto desde esta perspectiva, no consistió simplemente en animarnos a correr cada vez más riesgos. Consistió en construir sistemas que nos permitieran explorar lo desconocido sin apostar toda nuestra supervivencia en cada intento.

¿Qué es el riesgo?

En el lenguaje cotidiano, solemos llamar “riesgo” a cualquier cosa que podría salir mal. Pero el concepto es más preciso.

En términos generales, una situación de riesgo combina tres elementos:

  • varios resultados posibles;
  • alguna estimación de la probabilidad de cada resultado;
  • y consecuencias diferentes si cada uno ocurre.

Si existe un 10 % de probabilidad de perder una cantidad determinada de dinero, podemos intentar calcular la exposición. Pero no todas las situaciones permiten estimaciones tan claras. A veces ni siquiera conocemos todos los resultados posibles, y mucho menos sus probabilidades.

El economista Frank Knight hizo famosa esta diferencia en 1921. Reservó la idea de riesgo para situaciones en las que la incertidumbre puede medirse o agruparse estadísticamente, y habló de incertidumbre cuando no disponemos de probabilidades confiables (Knight, 1921).

La distinción no es absoluta. En la vida real existe un continuo: algunas probabilidades están muy bien estimadas, otras se apoyan en datos incompletos y otras son poco más que conjeturas. Aun así, separar riesgo de incertidumbre evita una confusión habitual: poner un número no significa necesariamente que comprendamos aquello que estamos midiendo.

ConceptoQué significaEjemplo
PeligroUna fuente con capacidad de causar dañoUna instalación eléctrica defectuosa
RiesgoLa posibilidad de que ocurra un resultado y la magnitud de sus consecuenciasProbabilidad de incendio y pérdidas esperadas
IncertidumbreFalta de conocimiento suficiente sobre los resultados o sus probabilidadesEfectos económicos de una tecnología completamente nueva
VolatilidadVariación de un precio o una medida a lo largo del tiempoUna acción que sube y baja con frecuencia
RuinaUna pérdida que impide continuar o recuperarseApostar todo el patrimonio y perderlo

Esta última diferencia es especialmente importante. Una situación puede ser muy variable sin ser ruinosa, mientras que otra puede parecer estable durante años y esconder una pequeña probabilidad de pérdida total.


Riesgo en la prehistoria

Imaginemos a un grupo de cazadores-recolectores en plena Edad de Piedra. Para ellos, el riesgo no era una cifra en una pantalla. Era la diferencia entre volver con alimento o sufrir una lesión que quizá nadie pudiera tratar. Es decir, el riesgo todos los días de una vida promedio, era literalmente la posibilidad de sobrevivir o morir. Es decir, se basaba estrictamente en objetivos evolutivos.

Salir a cazar implicaba intercambiar una recompensa posible por una amenaza posible. Cambiar de territorio podía conducir a nuevas fuentes de agua o a un conflicto con otro grupo. Probar un alimento desconocido podía aportar nutrientes o provocar una intoxicación.

Eso no significa que nuestros antepasados actuaran al azar. El conocimiento acumulado sobre animales, plantas, estaciones y rutas era una forma temprana de reducir la incertidumbre. También lo eran la cooperación y el reparto de alimento: si varias personas conseguían recursos en momentos diferentes, el grupo podía amortiguar el fracaso individual.

La lógica básica ya estaba presente: observar regularidades, aprender de la experiencia y evitar que una sola mala decisión terminara con todos.

Pero no existía una teoría formal del riesgo. La mente humana evolucionó para reaccionar ante amenazas concretas, visibles e inmediatas, no para calcular probabilidades abstractas. Esa herencia todavía nos acompaña. Podemos entender intelectualmente que un peligro es improbable y, sin embargo, sentirlo como si fuera inminente.


El riesgo en las primeras civilizaciones

Con la agricultura y las ciudades, algunos peligros disminuyeron, pero aparecieron nuevas dependencias. Una comunidad sedentaria podía producir excedentes, aunque también quedaba expuesta a sequías, plagas, inundaciones, guerras y malas cosechas simultáneas.

La respuesta fue cada vez más colectiva. Almacenar granos, diversificar cultivos, construir obras hidráulicas, cobrar tributos o establecer obligaciones contractuales permitía trasladar recursos entre momentos, regiones y personas.

En el comercio antiguo también surgieron préstamos vinculados al resultado de una travesía: quien financiaba una expedición podía asumir parte de la pérdida si el viaje fracasaba, a cambio de recibir una compensación mayor si tenía éxito. Esos acuerdos no eran todavía pólizas modernas y su genealogía no es lineal, pero anticipaban una idea decisiva: el peligro físico podía convertirse en una obligación económica distribuida mediante un contrato.

Conviene distinguir aquí tres mecanismos diferentes:

  • Prevenir un daño: reforzar un barco o evitar una ruta peligrosa.
  • Transferir una pérdida: pagar para que otra parte asuma parte de las consecuencias.
  • Diversificar una exposición: repartir recursos entre actividades cuyos resultados no sean idénticos.

Un seguro no elimina el naufragio. Cambia quién absorbe la pérdida económica. La diversificación tampoco impide que una inversión salga mal; evita que todo dependa del mismo resultado.


El riesgo en la Edad Media y el comercio

Durante la expansión del comercio europeo medieval, enviar mercancías por mar podía generar enormes beneficios, pero también pérdidas difíciles de soportar. Naufragios, piratería, guerras y cambios políticos convertían cada expedición en una apuesta.

Los comerciantes desarrollaron sociedades temporales, créditos, letras y contratos que repartían capital y responsabilidades. La evidencia documental muestra pólizas marítimas claramente reconocibles en las ciudades comerciales italianas del siglo XIV. Su desarrollo permitió separar gradualmente el comercio del seguro: una persona podía financiar o asegurar una travesía sin ser dueña de toda la mercancía (De Roover, 1945).

Eso transformó la escala de lo posible. Si cada comerciante hubiera tenido que soportar individualmente la pérdida completa de cada barco, muchas expediciones nunca habrían ocurrido. Al distribuir la exposición, un fracaso seguía siendo costoso, pero no necesariamente definitivo.

Las sociedades por acciones modernas, sin embargo, no aparecieron completamente formadas en la Edad Media. Existieron antecedentes importantes, pero sus rasgos centrales se consolidaron sobre todo durante la Edad Moderna.


Cuando el azar empezó a escribirse con números

Los seres humanos jugaron con dados y apostaron mucho antes de tener una teoría matemática de la probabilidad y estadística. Lo llamativo es que la formalización llegó relativamente tarde.

En el siglo XVII, Blaise Pascal y Pierre de Fermat intercambiaron ideas sobre cómo repartir justamente las apuestas de un juego interrumpido. Christiaan Huygens desarrolló poco después uno de los primeros tratamientos sistemáticos del valor esperado. Jakob Bernoulli relacionó probabilidades y frecuencias observadas, y Edmond Halley utilizó datos de mortalidad para construir tablas útiles para las rentas vitalicias.

Según el filósofo e historiador de la ciencia Ian Hacking, alrededor de esa época emergió en Europa una concepción moderna de la probabilidad con dos caras: como regularidad objetiva del mundo y como grado razonable de creencia frente a evidencia incompleta (Hacking, 1975/2006).

Esa doble interpretación continúa vigente. A veces hablamos de probabilidades porque un fenómeno se repite muchas veces —como la mortalidad dentro de una población—. Otras veces expresamos cuánta confianza tenemos en un acontecimiento único —como el éxito de una empresa nueva—.

La matemática permitió calcular una parte del azar, pero no convirtió todo el futuro en algo predecible. Las frecuencias históricas pueden cambiar; los datos pueden ser insuficientes; los modelos pueden omitir variables; y los acontecimientos realmente nuevos pueden no tener antecedentes comparables.

El gran avance no fue eliminar la incertidumbre, sino reconocer que algunas de sus partes podían estimarse mejor que otras.


Cómo percibimos realmente el riesgo

Podemos construir mercados globales y modelos matemáticos, pero seguimos tomando decisiones con una mente que no evalúa probabilidades como una calculadora neutral.

Daniel Kahneman y Amos Tversky mostraron experimentalmente que las personas suelen evaluar los resultados en relación con un punto de referencia: sentimos que ganamos o perdemos respecto de lo que esperábamos, poseíamos o considerábamos normal. Además, las pérdidas suelen influir más que ganancias equivalentes, y las probabilidades pequeñas pueden recibir un peso psicológico desproporcionado (Kahneman & Tversky, 1979).

Esto ayuda a explicar comportamientos aparentemente contradictorios. Una persona puede contratar un seguro costoso contra un evento muy improbable y, al mismo tiempo, comprar un billete de lotería cuya esperanza matemática es negativa. En ambos casos, una probabilidad pequeña domina la atención: en uno queremos eliminar una pérdida temida; en el otro compramos la posibilidad de una ganancia extraordinaria.

También cambia nuestra actitud según sintamos que estamos ganando o perdiendo. Podemos volvernos prudentes cuando queremos proteger una ganancia segura, pero asumir riesgos excesivos para evitar reconocer una pérdida. En los mercados, esto aparece cuando alguien conserva una inversión deteriorada no porque sus perspectivas sean buenas, sino porque vender significaría aceptar emocionalmente que se equivocó.

Paul Slovic mostró además que la percepción pública del riesgo depende de cualidades como el control, la familiaridad, el carácter voluntario y el potencial catastrófico. Los peligros nuevos, invisibles, involuntarios o difíciles de controlar suelen generar más temor que otros estadísticamente graves pero familiares (Slovic, 1987).

Por eso el riesgo posee al menos dos dimensiones:

  • una dimensión analítica, relacionada con probabilidades y consecuencias;
  • y una dimensión percibida, relacionada con miedo, experiencia, control y significado.

Ninguna debe ignorarse. La percepción humana puede distorsionar una amenaza, pero también puede detectar dimensiones sociales o morales que una fórmula estrecha no captura. El objetivo no es reemplazar toda intuición por números, sino confrontar la intuición con evidencia y reconocer dónde cada una puede fallar.


Empresas, responsabilidad limitada y mercados

La evolución de las empresas y organizaciones comerciales produjo otro cambio fundamental: Permitió separar parcialmente el destino de una empresa del patrimonio completo de cada participante.

La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602, fue uno de los casos decisivos. Reunió capital permanente, emitió participaciones transferibles y desarrolló una separación creciente entre propietarios y administradores. Sin embargo, esos rasgos no surgieron de un diseño perfecto creado de una sola vez; se fueron formando mediante ajustes destinados a resolver problemas concretos de financiamiento y gestión (Gelderblom et al., 2013).

Las acciones hicieron posible que muchas personas aportaran una parte del capital necesario para proyectos demasiado grandes para un individuo. La responsabilidad limitada, cuando se consolidó jurídicamente, redujo el riesgo de que un fracaso empresarial alcanzara todo el patrimonio personal de los inversores.

Esto tuvo beneficios y costos. Permitió financiar infraestructura, comercio e innovación a una escala inédita, pero también separó decisiones y consecuencias. Si quienes administran o invierten pueden capturar los beneficios mientras otros absorben una parte desproporcionada del daño, aparece un problema de incentivos.

Por eso las instituciones financieras nunca son solamente máquinas para repartir riesgos. También determinan quién decide, quién gana, quién pierde y quién responde cuando algo sale mal.


De la probabilidad a Wall Street

Con el desarrollo de la estadística, los seguros, las empresas, la contabilidad, los bancos y los mercados, el riesgo se convirtió en una variable central de la economía moderna.

Un inversor puede distribuir su dinero entre empresas, países, monedas y tipos de activos. Una compañía puede asegurar una planta, fijar por contrato el precio futuro de una materia prima o financiarse emitiendo acciones. Millones de personas pueden compartir indirectamente las ganancias y pérdidas de actividades que ocurren a miles de kilómetros.

La infraestructura tecnológica amplió enormemente esa coordinación. El telégrafo aceleró la transmisión de precios; la electricidad y las telecomunicaciones integraron mercados; Internet permitió ejecutar operaciones casi instantáneas. Pero esa infraestructura no es una digresión en la historia del riesgo: es el sistema nervioso que permite medir, transferir y recombinar exposiciones a escala global.

Al mismo tiempo, la sofisticación puede crear una ilusión peligrosa. Cuanto más preciso parece un modelo, más fácil resulta olvidar que sigue siendo una representación parcial. La crisis no aparece siempre donde había más movimiento visible; a veces se acumula detrás de precios estables, productos complejos, deuda excesiva o supuestos compartidos por todos.


Riesgo y mercados financieros

En finanzas se repite una frase conocida: “a mayor riesgo, mayor rentabilidad”. Expresada así, es engañosa.

Lo correcto es hablar de rendimiento esperado. Para aceptar determinadas exposiciones, un inversor normalmente exige la posibilidad de obtener una recompensa mayor. Pero asumir más riesgo no crea automáticamente más rentabilidad. Puede aumentar la dispersión de resultados, la probabilidad de pérdida o ambas cosas.

Una startup puede multiplicar su valor o desaparecer. Un bono emitido por un Estado solvente puede tener un riesgo de incumplimiento comparativamente bajo, pero todavía conservar riesgo de inflación, tasa de interés, reinversión o tipo de cambio. Ningún activo es “seguro” en todos los sentidos y para todas las personas.

El riesgo depende también del objetivo. Para alguien que necesitará pesos dentro de tres meses, un activo denominado en dólares tiene una exposición diferente que para quien ahorra durante treinta años para consumir en el exterior. El mismo instrumento puede ser prudente dentro de una estrategia y peligroso dentro de otra.

Volatilidad no es lo mismo que pérdida permanente

La volatilidad mide cuánto varían los precios, pero no captura todo lo que puede importarle a un inversor.

Una caída temporal puede ser soportable si el activo es sólido, el horizonte es largo y no existe necesidad de vender. En cambio, una inversión de precio aparentemente estable puede esconder:

  • riesgo de crédito;
  • falta de liquidez;
  • concentración;
  • apalancamiento;
  • inflación;
  • fraude;
  • o una pequeña probabilidad de pérdida prácticamente total.

La volatilidad es una medida útil, no una definición completa de riesgo. Desde una perspectiva personal, el riesgo más relevante suele ser no poder cumplir un objetivo: quedarse sin liquidez, vender en el peor momento o sufrir una pérdida de la cual ya no haya tiempo o recursos para recuperarse.

La diversificación y el riesgo que no hacía falta asumir

Harry Markowitz formalizó una intuición decisiva: una inversión no debe analizarse solamente de manera aislada, sino por su relación con el resto de la cartera. Si dos activos no se comportan exactamente igual, combinarlos puede reducir la variabilidad del conjunto. La diversificación, sin embargo, no elimina todos los riesgos (Markowitz, 1952).

Esto corrige otra idea popular: concentrarse más no convierte una apuesta en una mejor oportunidad. Poner todo el dinero en una sola empresa puede aumentar enormemente el daño posible sin mejorar de manera proporcional su rendimiento esperado.

Diversificar tampoco significa comprar muchas cosas al azar. Diez empresas del mismo sector, país y moneda pueden depender de las mismas condiciones. La clave está en no exponer todo el patrimonio a una única fuente de fracaso.


Los riesgos asimétricos

Un riesgo asimétrico es una situación donde la magnitud de los resultados posibles (las pérdidas o las ganancias) no está equilibrada.

¿Hasta qué punto conviene arriesgar más?

La frontera entre valentía y temeridad no depende solo del tamaño visible de la apuesta.

Para pensarla mejor conviene separar cuatro dimensiones:

DimensiónPregunta central
Capacidad de riesgo¿Cuánto puedo perder sin comprometer mis necesidades y objetivos?
Tolerancia al riesgo¿Cuánta incertidumbre y fluctuación puedo soportar psicológicamente?
Necesidad de riesgo¿Cuánto rendimiento necesito realmente para alcanzar mi objetivo?
Exposición real¿Cuánto podría perder considerando todas mis posiciones y obligaciones juntas?

Una persona puede tolerar emocionalmente grandes fluctuaciones y no tener capacidad financiera para soportarlas. Otra puede poseer un patrimonio enorme, pero dormir mal ante cualquier caída. Confundir tolerancia con capacidad es peligroso: sentirse valiente no aumenta los recursos disponibles para recuperarse.

También existe una paradoja. Quien posee mucho patrimonio puede tener más capacidad para arriesgar una pequeña parte, pero menos necesidad de hacerlo. Si el objetivo ya está asegurado, una exposición adicional puede no aportar suficiente valor.

El rol del patrimonio en el riesgo

Un millonario puede invertir el 1 % de su patrimonio en un proyecto experimental. Si fracasa, su vida cotidiana apenas cambia; si tiene éxito, la recompensa puede ser relevante. En cambio, alguien que arriesga todo el ingreso del mes en una operación dudosa puede comprometer alimentación, vivienda o deudas.

Pero no alcanza con comparar porcentajes. También cuentan:

  • la estabilidad de los ingresos;
  • la liquidez disponible;
  • las obligaciones familiares;
  • el horizonte temporal;
  • la edad;
  • la posibilidad de volver a generar capital;
  • y la correlación entre patrimonio y trabajo.

Una persona que tiene acciones de la empresa donde trabaja puede parecer diversificada porque posee salario e inversiones, pero ambas fuentes dependen del mismo negocio. Si la empresa entra en crisis, puede perder simultáneamente empleo y capital.

El riesgo siempre es relativo a la base desde la cual uno juega, pero esa base no es solamente el patrimonio total: es el conjunto de recursos, compromisos y oportunidades futuras.


Antifragilidad, convexidad y ruina

Nassim Nicholas Taleb utiliza el término antifrágil para describir sistemas que no se limitan a resistir el desorden, sino que pueden beneficiarse de cierto nivel de variabilidad, estrés o error. No es lo mismo que ser robusto: lo robusto permanece; lo antifrágil puede mejorar (Taleb, 2012).

Un músculo puede fortalecerse con una dosis adecuada de entrenamiento y recuperación. Un sistema descentralizado puede aprender mediante muchos experimentos pequeños. Una carrera puede beneficiarse de proyectos de bajo costo que abren oportunidades inesperadas.

En inversiones y decisiones personales, esta lógica se relaciona con la convexidad y la opcionalidad: limitar el daño de los errores mientras se conserva una exposición significativa a resultados favorables.

Pero no toda apuesta con pérdida limitada es antifrágil. Comprar lotería no se vuelve inteligente por tener un premio enorme. Y ningún sistema se beneficia de cualquier cantidad de estrés: una dosis que estimula puede ser superada por otra que destruye.

La enseñanza más sólida de esta perspectiva es menos espectacular y más útil:

Podemos permitirnos numerosos errores pequeños; no podemos permitirnos un único error que nos saque definitivamente del juego.


El riesgo en la vida cotidiana actual

En muchas sociedades modernas, los riesgos más frecuentes ya no se parecen a un depredador esperando fuera de la cueva. Los riesgos suelen ser perder el trabajo, enfermarse, sufrir un fraude digital, endeudarse demasiado, atravesar una recesión o quedar desactualizado profesionalmente.

Algunos son menos visibles, pero no necesariamente menores. Una mala alimentación produce efectos acumulativos que no sentimos en una comida. Una deuda parece manejable hasta que cambia la tasa o desaparece el ingreso. Un sistema informático funciona con normalidad hasta que una falla revela cuánto dependíamos de él.

Las instituciones modernas reducen muchos riesgos mediante normas, seguros, controles sanitarios, diversificación, contratos y protección social. Sin embargo, también crean nuevas interdependencias. Una cadena logística global es eficiente mientras funciona; una interrupción puede propagarse entre países y sectores.

El riesgo moderno suele ser más sistémico: no depende solamente de lo que hace un individuo, sino de redes que nadie controla por completo.


Riesgo en las relaciones y la vida personal

El concepto de riesgo no pertenece solamente a las finanzas.

Declararse a alguien puede terminar en rechazo. Mudarse en pareja puede fortalecer una relación o revelar incompatibilidades. Cambiar de carrera puede abrir una vida más satisfactoria o producir inestabilidad. Mudarse de país puede ampliar oportunidades, pero también alejarnos de afectos y redes de apoyo.

La analogía financiera sirve hasta cierto punto. En la vida personal, las probabilidades rara vez son claras y los resultados no pueden reducirse a una sola unidad. Una experiencia puede tener valor incluso si no termina como esperábamos. Una relación que concluye no fue necesariamente una “inversión perdida”; pudo transformar a quienes participaron.

Por eso, ante incertidumbre elevada, suele ser más útil pensar en reversibilidad:

  • ¿Puedo probar en pequeña escala?
  • ¿Cuánto aprenderé aunque el resultado sea negativo?
  • ¿La decisión puede deshacerse?
  • ¿Qué compromisos se vuelven permanentes?
  • ¿Cuál es el peor escenario realista?

Probar una actividad durante un mes es diferente de abandonar abruptamente una profesión. Convivir antes de reorganizar toda la vida patrimonial aporta información. Iniciar un proyecto paralelo permite experimentar sin depender desde el primer día de que funcione.

No siempre es posible avanzar de manera gradual. Algunas decisiones requieren compromiso. Pero cuando la incertidumbre es grande, comprar información mediante experimentos pequeños suele ser mejor que realizar una apuesta irreversible basada solo en entusiasmo o miedo.


¿Es el riesgo el motor del progreso?

El progreso aparece cuando la exploración se combina con conocimiento, cooperación, aprendizaje y mecanismos que evitan que cada error sea definitivo.

Los seguros permitieron navegar sin que cada naufragio arruinara por completo a un comerciante. Las sociedades comerciales reunieron capital de muchas personas. La responsabilidad limitada separó ciertos fracasos empresariales del patrimonio completo. La ciencia moderna desarrolló experimentos controlados para equivocarse de forma informativa. Las carteras diversificadas redujeron la dependencia de una sola inversión.

Esta es una interpretación del marco de Meditaciones Modernas, no un resultado demostrado por un único estudio:

La civilización puede entenderse como una larga construcción de redes capaces de distribuir la incertidumbre entre más personas, más lugares y más momentos.

Eso no eliminó el daño ni garantizó una distribución justa. Muchas instituciones trasladaron riesgos hacia trabajadores, colonias, contribuyentes o generaciones futuras. Aprender a repartir una pérdida no implica necesariamente repartirla de manera legítima.

Aun así, hay una transformación histórica real: pasamos de enfrentar muchos peligros individualmente a construir sistemas colectivos para prevenirlos, financiarlos y absorberlos.

La civilización no avanzó simplemente porque aprendimos a arriesgar más. Avanzó porque aprendimos —de manera imperfecta— a correr riesgos sin apostar toda la supervivencia en cada intento.


Conclusión

El riesgo nunca desapareció. Cambió de forma.

Primero lo enfrentamos directamente. Después desarrollamos conocimientos, contratos, seguros, estadísticas, empresas y mercados capaces de distribuirlo entre personas y a lo largo del tiempo. Convertimos algunos peligros imprevisibles en pérdidas parcialmente calculables y financiables.

Pero medir mejor no significa controlar por completo el futuro. Todavía confundimos miedo con probabilidad, volatilidad con pérdida permanente y una gran recompensa posible con una buena decisión. Asumir más riesgo no garantiza ganar más. Y una oportunidad asimétrica no es valiosa si sus probabilidades son insignificantes, si está mal valuada o si puede llevarnos a la ruina.

El desafío no consiste en vivir sin riesgo, algo imposible, ni en glorificarlo como si toda audacia fuera inteligente. Consiste en asumir riesgos cuyo peor resultado podamos soportar, cuya recompensa realmente importe y de los cuales podamos aprender aunque no salgan como esperábamos.

Tal vez el progreso humano no haya surgido de arriesgar cada vez más, sino de una habilidad mucho más sofisticada: explorar lo desconocido sin permitir que un solo error termine el juego.


Resumen visual del artículo


Bibliografía y referencias

  • De Roover, F. E. (1945). Early examples of marine insurance. The Journal of Economic History, 5(2), 172–200. https://doi.org/10.1017/S0022050700112975
  • Gelderblom, O., de Jong, A., & Jonker, J. (2013). The formative years of the modern corporation: The Dutch East India Company VOC, 1602–1623. The Journal of Economic History, 73(4), 1050–1076. https://doi.org/10.1017/S0022050713000879
  • Hacking, I. (2006). The emergence of probability: A philosophical study of early ideas about probability, induction and statistical inference (2nd ed.). Cambridge University Press. (Original work published 1975).
  • Kahneman, D., & Tversky, A. (1979). Prospect theory: An analysis of decision under risk. Econometrica, 47(2), 263–291. https://doi.org/10.2307/1914185
  • Knight, F. H. (1921). Risk, uncertainty and profit. Houghton Mifflin.
  • Markowitz, H. (1952). Portfolio selection. The Journal of Finance, 7(1), 77–91. https://doi.org/10.2307/2975974
  • Slovic, P. (1987). Perception of risk. Science, 236(4799), 280–285. https://doi.org/10.1126/science.3563507
  • Taleb, N. N. (2012). Antifragile: Things that gain from disorder. Random House.

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