Introducción
Durante siglos, la humanidad imaginó la historia de maneras muy diferentes. Para algunas culturas, el tiempo era cíclico: los imperios nacían, crecían y caían, para luego ser reemplazados por otros. Para ciertas tradiciones religiosas, la historia avanzaba hacia un destino trascendente. Y para buena parte de la Ilustración europea, el conocimiento, la razón y la libertad podían conducir a una mejora continua de la condición humana.
Condorcet fue uno de los grandes representantes de este último optimismo. A fines del siglo XVIII sostuvo que el desarrollo de la ciencia, la educación y las instituciones libres podía reducir la ignorancia, la desigualdad y el sufrimiento. Rousseau, en cambio, ya había advertido que el avance de las ciencias y las artes no garantizaba una mejora equivalente de las costumbres. El siglo XX volvería imposible ignorar esa tensión: la misma civilización que produjo antibióticos, electricidad y comunicaciones globales también construyó campos de exterminio y armas nucleares.
Entonces, ¿existe realmente el progreso? ¿O solo llamamos “progreso” a los cambios que coinciden con nuestros propios valores?
La respuesta breve es que sí existe el progreso objetivo, pero nunca existe en abstracto. Podemos medir objetivamente si una sociedad redujo la mortalidad infantil, aumentó su alfabetización, produjo más bienes o mejoró su capacidad para tratar enfermedades. Lo que no existe es una medida única, completamente neutral y universal que reúna todos esos avances y retrocesos en una sola cifra.
El progreso necesita una dirección. Antes de afirmar que avanzamos, tenemos que preguntar: ¿hacia dónde?
Cambio, avance y progreso no son lo mismo
Para pensar con claridad, conviene separar tres conceptos.
Un cambio significa que algo es diferente respecto del pasado. Una tecnología nueva, una transformación cultural o una modificación en la economía son cambios, pero no necesariamente mejoras.
Un avance ocurre cuando nos acercamos a un objetivo concreto. Si un tratamiento reduce la mortalidad de una enfermedad, existe un avance médico respecto de ese objetivo. Si una máquina permite fabricar más productos con menos recursos, existe un avance de productividad.
El progreso humano es una idea más amplia. Implica que mejoran de manera significativa y relativamente sostenible las condiciones en las que las personas pueden vivir, elegir y desarrollar sus capacidades.
Estas dimensiones no siempre se mueven juntas. Un arma más destructiva puede ser un avance en ingeniería y, al mismo tiempo, un retroceso para la seguridad colectiva. Una economía puede producir más y distribuir peor. Una plataforma digital puede facilitar el acceso al conocimiento mientras debilita la atención de sus usuarios.
Por eso, “más avanzado” no significa automáticamente “mejor en todo”.
¿Qué significa que un progreso sea objetivo?
Decir que algo es objetivo no significa que esté libre de toda elección humana. Significa que, una vez definido un objetivo y acordado un método razonable para medirlo, el resultado no depende solamente de la opinión de quien observa.
Si una población reduce la mortalidad de niños menores de cinco años, esa mejora puede verificarse mediante datos. Si aumenta la proporción de personas alfabetizadas, también. Dos observadores con valores políticos diferentes deberían poder reconocer la misma tendencia si utilizan las mismas definiciones y la información disponible.
Pero los datos no eligen por nosotros qué debemos valorar. La ciencia puede estimar cuánto disminuye la mortalidad gracias a una política sanitaria; no puede decidir por sí sola cuánto dinero debe asignarse a esa política frente a educación, vivienda o ambiente. Esa elección incorpora prioridades morales y políticas.
Esto no implica que todos los valores sean arbitrarios. Evitar una muerte prevenible, reducir el dolor involuntario, ampliar la libertad o impedir la tortura pueden defenderse mediante razones vinculadas con intereses humanos ampliamente compartidos. La participación de valores vuelve necesario argumentar y justificar; no vuelve equivalentes todas las alternativas.
La filosofía contemporánea tiende a abandonar la idea de un progreso histórico inevitable, lineal y total. En su lugar, habla de progresos posibles, locales, abiertos y reversibles: podemos avanzar en determinadas áreas sin que exista una ley del universo que garantice que seguiremos haciéndolo (Tam & Meek Lange, 2024).
Progreso científico: conocer más no significa decidir mejor
La ciencia es probablemente el ámbito en el que resulta más fácil reconocer avances objetivos. Hoy podemos predecir eclipses con enorme precisión, identificar microorganismos, secuenciar genomas, observar ondas gravitacionales y diseñar tratamientos que habrían sido inconcebibles hace pocos siglos.
Eso no significa que la ciencia acumule verdades de manera perfectamente lineal. Algunas teorías son corregidas, otras son reemplazadas y ciertos problemas cambian cuando cambia el marco desde el cual los estudiamos. En filosofía de la ciencia todavía se discute si el progreso científico debe medirse por la aproximación a la verdad, la capacidad predictiva, la resolución de problemas o el poder de intervenir sobre los fenómenos.
Aun así, existe un núcleo bastante sólido: una teoría representa un progreso cuando explica o predice fenómenos que antes no podíamos comprender, resuelve problemas relevantes, integra evidencia dispersa o permite intervenciones más precisas.
Pero el conocimiento y su uso pertenecen a niveles diferentes.
- Descubrir la fisión nuclear es progreso cognitivo.
- Construir un reactor es desarrollo tecnológico.
- Utilizar ese conocimiento para generar electricidad o fabricar una bomba es una decisión social, económica y política.
La ciencia amplía el espacio de lo posible. No determina por sí sola qué debemos hacer dentro de ese espacio.
Progreso económico: producir más no equivale a vivir mejor
Las reconstrucciones históricas muestran que la producción real por habitante aumentó de manera extraordinaria desde la Revolución Industrial, aunque con enormes diferencias entre países y períodos. Posteriormente, el capitalismo redujo considerablemente la pobreza en los últimos 100 años.
Ese crecimiento importa. La pobreza no es una ilusión filosófica: limita la alimentación, la salud, la educación, la seguridad y la autonomía. Decir que “el dinero no importa” suele ser más fácil cuando las necesidades básicas ya están cubiertas.
Sin embargo, el producto interno bruto mide principalmente producción económica. No informa por sí solo:
- Cómo se distribuyen el ingreso y la riqueza.
- Cuánto trabajo doméstico o de cuidado no remunerado se realiza.
- Qué ocurre con la salud física y mental.
- Cuánta libertad o seguridad posee la población.
- Qué calidad tienen los vínculos y las instituciones.
- Qué recursos naturales se están agotando.
- Si el crecimiento presente podrá mantenerse en el futuro.
La Comisión sobre la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social concluyó que el PBI es insuficiente para evaluar el bienestar. Los recursos materiales son medios importantes, pero las personas poseen capacidades diferentes para transformarlos en salud, autonomía, educación o calidad de vida. Por eso, los indicadores económicos deben complementarse con medidas sociales, distributivas y ambientales (Stiglitz, Sen & Fitoussi, 2009).
La riqueza, entonces, es una capacidad. Puede financiar una vida mejor, pero no la garantiza.
Progreso sanitario: vivir más y vivir con salud
En 1900, la esperanza de vida mundial al nacer rondaba los 32 años. En 2021 alcanzaba aproximadamente los 71. El promedio antiguo estaba muy afectado por la enorme mortalidad infantil, pero la mejora moderna no se limita a que más niños sobrevivan: también disminuyó la mortalidad en numerosas edades adultas (Dattani et al., 2023).
La mortalidad infantil ofrece otro ejemplo contundente. La tasa mundial de mortalidad antes de los cinco años cayó de unas 76,7 muertes por cada mil nacimientos en 2000 a 37,4 en 2024. Es una reducción superior al 50 %. Sin embargo, durante 2024 todavía murieron alrededor de 4,9 millones de niños antes de cumplir cinco años, y el ritmo de mejora se desaceleró durante la última década (United Nations Inter-agency Group for Child Mortality Estimation, 2026).
Estos datos muestran dos verdades al mismo tiempo:
Podemos haber progresado enormemente y seguir estando muy lejos de una situación aceptable.
También es engañoso afirmar que hoy la salud necesariamente empeoró porque una mayor proporción de personas muere por cáncer, enfermedades cardiovasculares u otras patologías crónicas. Cuando disminuyen las muertes tempranas por infecciones y la población envejece, otras causas pasan a ocupar una proporción mayor. Eso no significa que cada una de ellas se haya vuelto más frecuente en todas las edades.
Por supuesto, vivir más no es el único objetivo. También importa cuántos de esos años transcurren con salud y autonomía. Entre 2000 y 2019, antes de la pandemia de COVID-19, la esperanza de vida mundial aumentó de 66,8 a 73,1 años. Durante el mismo período, la esperanza de vida saludable subió de 58,1 a 63,5 años. En promedio ganamos años saludables, aunque el aumento de la vida total fue algo mayor que el de la vida saludable (World Health Organization, 2024).
El progreso sanitario es real, pero incompleto. El desafío ya no consiste solamente en retrasar la muerte: también implica retrasar la enfermedad, reducir la discapacidad y distribuir mejor el acceso a la prevención y al tratamiento.
Bienestar subjetivo y felicidad
Esta pregunta es legítima, pero suele formularse de manera demasiado simple. Que una sociedad tenga más riqueza no implica que todos sus habitantes sean felices. Y que existan ansiedad, soledad o depresión en países desarrollados no demuestra que la prosperidad carezca de valor.
El bienestar depende de múltiples dimensiones: ingresos, salud, empleo, seguridad, vínculos, confianza, libertad, propósito y condiciones del entorno. Además, las personas se adaptan parcialmente a sus circunstancias. Una mejora material puede aumentar el bienestar sin producir una satisfacción ilimitada o permanente. A esto la psicología lo denomina adaptación hedónica.
Por eso, el bienestar subjetivo debe medirse, pero no debería transformarse en el único criterio. Una persona puede acostumbrarse a condiciones injustas o reducir sus expectativas frente a opciones limitadas. Del mismo modo, una sociedad puede experimentar malestar temporal mientras atraviesa reformas que amplían derechos o corrigen desigualdades.
El error está en elegir un único indicador:
- El PBI no resume una vida buena.
- La satisfacción vital no resume la justicia.
- La esperanza de vida no resume la autonomía.
- La libertad formal no garantiza capacidades reales.
Una evaluación seria del progreso necesita observar varias dimensiones al mismo tiempo. Además, como analicé previamente en el artículo sobre la felicidad, la misma tiene muchas dimensiones y definiciones.
¿Existe el progreso moral?
El progreso moral es más difícil de medir que el económico o el sanitario porque depende explícitamente de criterios normativos. Como analicé en el artículo sobre valores morales, hay algunos que pueden considerarse universales, y otros que son relativos a cada cultura.
No obstante, en el transcurso de la historia humana podemos observar cambios institucionales concretos: abolición legal de la esclavitud, ampliación del voto, reconocimiento de derechos de las mujeres, límites a la tortura, protección de minorías o creación de sistemas de cooperación internacional. Estos cambios no demuestran que los individuos modernos sean interiormente más virtuosos que sus antepasados. Demuestran que ciertas sociedades construyeron normas e instituciones que protegen mejor a algunas personas frente al abuso.
Tampoco existe una marcha moral irreversible. Los derechos pueden ampliarse y luego retroceder. Las normas pueden convivir con prácticas que las contradicen. Una constitución puede reconocer igualdad mientras la vida cotidiana conserva discriminaciones profundas.
Por eso conviene hablar de progreso moral e institucional respecto de criterios explícitos: menor dominación arbitraria, mayor consideración de los intereses ajenos, ampliación de derechos o reducción de formas evitables de sufrimiento. La discusión filosófica aparece al justificar esos criterios y resolver conflictos entre ellos.
Los conceptos de Libertad e igualdad, por ejemplo, pueden apoyarse mutuamente en algunos contextos y entrar en tensión en otros. La seguridad puede proteger la autonomía, pero también utilizarse como excusa para restringirla. No existe un algoritmo moral que elimine estas decisiones.
Progreso para quién: el promedio puede ocultar mucho
Una sociedad puede mejorar en promedio y empeorar para una parte de su población. Si el ingreso por habitante aumenta, pero casi todo el crecimiento se concentra en una minoría, existe progreso económico agregado, aunque no necesariamente una mejora social general.
Por eso, cualquier afirmación sobre el progreso debería responder al menos cuatro preguntas:
- ¿Qué dimensión mejoró?
- ¿Quién recibió el beneficio?
- ¿Quién soportó los costos?
- ¿Durante cuánto tiempo puede sostenerse?
La distribución no es un detalle posterior. Forma parte del significado del progreso.
Una nueva tecnología puede aumentar la productividad total y desplazar a trabajadores concretos. El resultado colectivo dependerá de si aparecen nuevos empleos, cuánto demora la transición, cómo se reparten las ganancias y qué instituciones acompañan a quienes pierden. Decir simplemente que “la tecnología crea empleos” o que “la tecnología destruye empleos” ignora el proceso, los plazos y las personas afectadas.
Lo mismo ocurre entre países. Una mejora en el consumo de una región puede apoyarse en trabajo precario, contaminación o extracción de recursos en otra. Si solo miramos el lugar donde aparece el beneficio, trasladamos el daño fuera del cuadro.
El costo oculto: ambiente y generaciones futuras
El progreso también necesita una escala temporal. Una sociedad puede aumentar su bienestar actual consumiendo recursos, degradando ecosistemas o acumulando riesgos que recaerán sobre quienes todavía no nacieron.
Esto genera un problema difícil: el bienestar presente y la sostenibilidad futura son dimensiones relacionadas, pero no idénticas. Intentar condensarlas en una sola cifra puede ocultar información decisiva. El informe de Stiglitz, Sen y Fitoussi propone pensar la medición como un tablero: necesitamos observar por separado las condiciones actuales y los recursos naturales, humanos, sociales y productivos que permitirán sostenerlas en el tiempo (Stiglitz, Sen & Fitoussi, 2009).
Una economía que crece mientras destruye las condiciones materiales de su propia continuidad puede mostrar progreso durante algunos años y revelar después que parte de esa mejora era una deuda trasladada al futuro.
Esto no significa que todo crecimiento sea ambientalmente destructivo ni que toda protección ambiental exija detener la producción. Significa que el balance debe incluir recursos, emisiones, biodiversidad, resiliencia e innovación, además de ingresos.
Un progreso digno de ese nombre debería ser no solo multidimensional y distribuido, sino también sostenible.
¿Hay sociedades más avanzadas que otras?
La pregunta incomoda porque la idea de “sociedades superiores” fue utilizada para justificar colonialismo, racismo y dominación. Pero rechazar esa jerarquía total no obliga a negar todas las comparaciones.
Podemos afirmar que una sociedad obtiene mejores resultados sanitarios, posee instituciones más democráticas, alcanza mayor productividad o registra menos violencia. También podemos reconocer que otra presenta vínculos comunitarios más fuertes, menor desigualdad o una relación más sostenible con su entorno.
Lo que no podemos hacer es sumar todas esas características sin explicar qué peso damos a cada una y concluir que una cultura es humanamente superior en bloque.
Tampoco conviene idealizar a las sociedades con menor desarrollo tecnológico. Una comunidad puede ofrecer mayor cohesión y, al mismo tiempo, sufrir mortalidad evitable, violencia o restricciones a la autonomía individual. Evitar la arrogancia colonial no requiere caer en el romanticismo.
La formulación más precisa sería:
Las sociedades pueden estar más avanzadas en dimensiones concretas sin que sus habitantes sean humanamente superiores ni exista una escala única capaz de ordenar todas las culturas.
Esto permite condenar prácticas como la esclavitud, la tortura o la exclusión política mediante razones explícitas, sin convertir cada diferencia cultural en un peldaño de una única escalera.
Si te interesa profundizar, la idea de que existan culturas superiores (o no) a otras las analicé en este artículo:
– ¿Existen culturas superiores?
Una definición multidimensional del progreso
Si el progreso no es una sola cifra, necesitamos un conjunto de dimensiones. Una evaluación razonable podría incluir:
| Dimensión | Qué intenta observar | Indicadores posibles |
|---|---|---|
| Salud | Supervivencia, capacidad y autonomía | Mortalidad infantil, esperanza de vida saludable, acceso sanitario |
| Conocimiento | Comprensión y aprendizaje | Alfabetización, escolaridad, aprendizaje efectivo, capacidad científica |
| Condiciones materiales | Recursos para desarrollar una vida | Ingreso real, nutrición, vivienda, energía y servicios básicos |
| Libertad | Capacidad de elegir sin dominación arbitraria | Derechos políticos, libertad de expresión, autonomía personal |
| Seguridad | Protección frente a daños evitables | Homicidios, guerras, violencia doméstica y accidentes |
| Bienestar subjetivo | Cómo evalúan y experimentan su vida las personas | Satisfacción vital, emociones, vínculos y sentido |
| Igualdad | Distribución de oportunidades, recursos y derechos | Desigualdad, movilidad social, discriminación y acceso efectivo |
| Sostenibilidad | Posibilidad de mantener el bienestar en el tiempo | Emisiones, biodiversidad, uso de recursos y resiliencia |
Ningún indicador es perfecto. Todos dependen de definiciones, calidad de datos y decisiones metodológicas. Pero que una medida sea imperfecta no significa que no aporte información.
La clave es evitar dos extremos.
El primero es el optimismo automático: creer que más ciencia, tecnología y riqueza producirán necesariamente una humanidad mejor.
El segundo es el relativismo total: suponer que, como intervienen valores, no podemos reconocer ninguna mejora objetiva.
Entre ambos extremos aparece una idea más exigente:
El progreso humano existe cuando mejoran de manera verificable, distribuida y sostenible varias condiciones que permiten a las personas vivir, elegir y desarrollar sus capacidades. No está garantizado, puede ser desigual y siempre puede revertirse.
Conclusión
El progreso existe, pero nunca aparece solo. Necesita una dirección, un criterio y una escala de tiempo.
Podemos medir con bastante objetividad si vivimos más, si mueren menos niños, si producimos más alimentos o si comprendemos mejor las enfermedades. Lo difícil comienza cuando intentamos reunir todas esas dimensiones bajo una única pregunta: ¿vivimos mejor?
La ciencia puede describir los cambios, comparar resultados y estimar consecuencias. No puede decidir por sí sola cuánto vale la libertad frente a la seguridad, el crecimiento frente a la sostenibilidad o el bienestar presente frente al futuro. Esas decisiones necesitan evidencia, pero también filosofía, deliberación y responsabilidad.
Esto no significa que todo sea relativo. Reducir la tortura, el hambre, la esclavitud o la mortalidad evitable puede defenderse mediante razones que atraviesan muchas culturas. Tampoco significa que una sociedad pueda declararse superior en bloque: puede avanzar en tecnología y retroceder en igualdad; aumentar su riqueza y deteriorar su ambiente; vivir más y sentirse más sola.
Quizás el progreso humano no se parezca a subir una única escalera. Se parece más a avanzar por varios caminos que a veces se refuerzan y otras veces chocan entre sí.
El progreso es real, pero no está garantizado. No es una fuerza natural que empuja la historia hacia un final mejor. Es una construcción frágil que depende del conocimiento que producimos, de las instituciones que sostenemos y de las decisiones que tomamos.
Y esto abre otro interrogante que suelo hacerme. ¿Es posible que la historia humana de progreso, esté dada por maximizar la felicidad y reducir el sufrimiento? Lo analizo en este artículo:
Resumen visual del artículo

Bibliografía y referencias
- Dattani, S., Rodés-Guirao, L., Ritchie, H., Ortiz-Ospina, E., & Roser, M. (2023). Life expectancy. Our World in Data. https://ourworldindata.org/life-expectancy
- Stiglitz, J. E., Sen, A., & Fitoussi, J. P. (2009). Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress. https://ec.europa.eu/eurostat/documents/8131721/8131772/Stiglitz-Sen-Fitoussi-Commission-report.pdf
- Tam, A., & Meek Lange, M. (2024). Progress. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Spring 2024 ed.). https://plato.stanford.edu/archives/spr2024/entries/progress/
- United Nations Inter-agency Group for Child Mortality Estimation. (2026). Levels & trends in child mortality: Report 2025. UNICEF. https://data.unicef.org/resources/levels-and-trends-in-child-mortality-2025/
- World Health Organization. (2024). Life expectancy and healthy life expectancy: Global Health Estimates. https://www.who.int/data/gho/data/themes/mortality-and-global-health-estimates/ghe-life-expectancy-and-healthy-life-expectancy
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