Introducción: la pregunta más incómoda de todas
Hay preguntas que parecen simples hasta que uno las piensa dos minutos.
“¿Qué es la verdad?” es una de esas.
Porque todos usamos la palabra todo el tiempo. Decimos “quiero saber la verdad”, “eso es verdad”, “me mintió”, “la ciencia busca la verdad”, “cada uno tiene su verdad”. Pero cuando intentamos definirla con precisión, la cosa se vuelve mucho más resbaladiza.
¿La verdad es lo que corresponde con la realidad?
¿Es lo que podemos demostrar?
¿Es lo que todos aceptamos?
¿Es lo que funciona?
¿O es algo que existe independientemente de nosotros, aunque nunca podamos conocerla por completo?
Esta pregunta atravesó toda la historia del pensamiento. Gran parte de la filosofía oriental y filosofía occidental se basó en acercarse a ella. Parménides creía que la verdad estaba ligada al Ser, a lo que permanece. Platón pensaba que el mundo sensible era apenas una sombra imperfecta de una realidad más profunda. Aristóteles dio una definición clásica: decir de lo que es, que es; y de lo que no es, que no es.
Kant mostró que no accedemos al mundo “tal como es en sí”, sino filtrado por nuestras estructuras mentales. Y la ciencia moderna, desde Galileo hasta Einstein, cambió la pregunta: tal vez no podamos poseer la verdad absoluta, pero sí podemos construir modelos cada vez menos equivocados.
Y ahí aparece la idea central de este artículo:
La verdad probablemente exista como estructura objetiva de la realidad, pero nuestro acceso a ella es siempre parcial, corregible y mediado por nuestros sentidos, lenguaje, teorías, instrumentos y cerebro.
No vemos la realidad tal cual es. Vemos una traducción. Pero algunas traducciones son muchísimo mejores que otras.
La verdad como correspondencia
La definición más intuitiva de verdad es esta:
Una afirmación es verdadera si corresponde con los hechos.
Si digo “hay una taza sobre la mesa” y efectivamente hay una taza sobre la mesa, la afirmación es verdadera. Si no hay taza, es falsa.
Esta idea se llama teoría correspondentista de la verdad. Viene de Aristóteles y sigue siendo, en algún sentido, la base del realismo científico: existe un mundo externo, independiente de nuestras opiniones, y nuestras creencias pueden ajustarse más o menos bien a ese mundo.
El problema es que esta definición, aunque poderosa, abre una pregunta difícil:
¿Cómo verificamos que nuestra mente realmente corresponde con la realidad?
Porque no accedemos a los hechos de manera pura. Accedemos mediante percepción, memoria, lenguaje, conceptos, instrumentos y modelos. Incluso mirar algo “directamente” ya implica procesamiento cerebral.
Como analicé en el artículo de ¿Qué es la realidad?, lo que percibimos no es una reproducción literal de la estructura física del mundo. La visión transforma radiación electromagnética en colores; el sistema auditivo transforma variaciones de presión en sonidos; y el cerebro organiza señales parciales en objetos relativamente estables.
Esto no convierte a los objetos en una ilusión: significa que nuestra experiencia consciente es una representación construida a partir de interacciones físicas reales.
La realidad puede ser objetiva, pero nuestra experiencia de ella nunca es completamente directa.
Platón: la verdad como algo más profundo que las apariencias
Platón desconfiaba del mundo sensible. Para él, lo que vemos cambia, envejece, se rompe, desaparece. Por eso, la verdad no podía estar en las apariencias, sino en algo más estable: el mundo de las Ideas o Formas.
Una silla concreta puede romperse.
Pero la idea de “silla” permanece.
Una persona justa puede equivocarse.
Pero la idea de Justicia, para Platón, existe en un plano más perfecto.
Su famosa alegoría de la caverna sigue siendo una de las imágenes más potentes de la epistemología: los seres humanos vivimos mirando sombras, creyendo que eso es la realidad completa. El filósofo es quien sale de la caverna, ve la luz y comprende que lo que tomaba por verdadero era apenas una apariencia.
Hoy no necesitamos aceptar literalmente el mundo de las Ideas para rescatar algo fuerte de Platón:
La realidad puede tener niveles más profundos que nuestra experiencia cotidiana.
La física moderna no confirma la teoría platónica de las Ideas, pero sí refuerza una intuición más general: la apariencia cotidiana no agota la estructura de la realidad. La relatividad, la física cuántica y la teoría de campos describen niveles que nuestra percepción ordinaria no puede representar de manera directa.
La intuición humana sirve para sobrevivir, no necesariamente para comprender el universo.
Descartes: la búsqueda de una certeza imposible de destruir
René Descartes intentó encontrar una verdad absolutamente indudable. Para eso aplicó la duda metódica: dudó de los sentidos, del mundo externo, de las matemáticas, incluso de su propio cuerpo.
Pero llegó a una certeza mínima:
Si estoy dudando, estoy pensando; y si estoy pensando, existo como algo que piensa.
De ahí el famoso cogito ergo sum: pienso, luego existo.
Descartes buscaba una base firme, un punto de apoyo desde el cual reconstruir todo el edificio del conocimiento.
La fuerza de Descartes está en haber mostrado algo importante: muchas cosas que creemos obvias pueden ser puestas en duda. Los sentidos engañan. La memoria falla. El consenso social puede equivocarse. La tradición puede arrastrar errores durante siglos.
Pero también dejó un problema enorme: si exigimos certeza absoluta, casi nada es verdad. No puedo demostrar con certeza matemática que el mundo externo existe tal como lo percibo. No puedo demostrar que no estoy soñando. No puedo demostrar que mi cerebro no está siendo engañado por alguna simulación perfecta.
Entonces aparece una distinción clave:
La verdad absoluta puede ser filosóficamente deseable, pero el conocimiento humano funciona mejor con grados de confianza, no con certezas perfectas.
La ciencia no dice: “esto es incuestionable para siempre”.
Dice: “esto es lo mejor que sabemos hasta ahora, con la evidencia disponible”.
Y esa humildad es justamente su fuerza.
Kant: no conocemos la realidad en sí, sino la realidad filtrada
Immanuel Kant hizo una jugada filosófica tremenda. Dijo, simplificando mucho, que no conocemos el mundo tal como es en sí mismo, sino como aparece organizado por nuestras propias estructuras mentales.
No experimentamos una realidad cruda. La experiencia ya viene ordenada por categorías como espacio, tiempo, causalidad, sustancia, cantidad.
Esto no significa que “todo sea inventado”. Significa que el sujeto que conoce no es pasivo. El cerebro no es una cámara. Es un sistema activo de interpretación.
Hoy la neurociencia y la psicología cognitiva se acercan bastante a esta intuición kantiana. La percepción no es una copia del mundo: es una construcción predictiva. El cerebro recibe señales incompletas y arma un modelo útil de la realidad.
Vemos bordes, objetos, rostros, intenciones, amenazas y oportunidades. No porque estén “pegados” directamente en el mundo como etiquetas, sino porque nuestro sistema nervioso organiza la información de una forma que nos permite actuar.
La verdad, entonces, tiene dos niveles:
- La realidad objetiva, que existe independientemente de nosotros.
- El modelo mental, que intenta representarla de manera útil y coherente.
El drama humano es que vivimos dentro del segundo nivel, intentando inferir el primero.
Nietzsche: cuando la verdad también es poder, lenguaje e interpretación
Nietzsche fue más desconfiado. Para él, muchas “verdades” humanas no eran descubrimientos puros, sino interpretaciones útiles, ficciones consolidadas, perspectivas que se impusieron.
No necesariamente porque fueran falsas en todos los casos, sino porque estaban mezcladas con intereses, poder, moral, lenguaje y vida.
Esto es incómodo pero necesario. Porque la historia muestra que muchas cosas fueron consideradas “verdaderas” durante siglos simplemente porque las sostenía una autoridad: la Iglesia, el Estado, la costumbre, la tribu, el maestro, el libro sagrado, el partido, el mercado o la mayoría.
Nietzsche nos obliga a preguntar:
¿Quién se beneficia de que esto sea considerado verdad?
¿Qué deseos, miedos o intereses hay detrás de esta creencia?
¿Esto describe la realidad o solamente protege una identidad?
La mirada nietzscheana sirve especialmente para analizar verdades sociales, morales, políticas y culturales.
Pero llevada al extremo puede caer en un problema: si todo es interpretación, entonces también lo es la frase “todo es interpretación”. Y si ninguna verdad vale más que otra, no hay forma de distinguir entre astronomía y astrología, medicina y superstición, física y delirio.
Por eso hace falta equilibrio.
Sí: toda verdad humana está mediada por interpretación.
No: eso no significa que todas las interpretaciones sean igual de válidas.
Algunas predicen eclipses. Otras solo tranquilizan emocionalmente. Y esa diferencia importa.
El método científico: el mejor sistema humano para equivocarnos cada vez menos
Si la pregunta es “¿cuál es el mejor método que tenemos para acceder a la verdad sobre el mundo físico?”, la respuesta más fuerte es:
No porque los científicos sean perfectos. No lo son. Tienen sesgos, egos, intereses, errores y limitaciones como cualquier ser humano.
La ciencia funciona no porque los humanos sean puros, sino porque el método está diseñado para corregirnos.
La ciencia exige:
- Hipótesis.
- Observación.
- Medición.
- Experimentación.
- Predicción.
- Revisión por pares.
- Replicabilidad.
- Coherencia matemática.
- Comparación con modelos alternativos.
- Corrección cuando aparece mejor evidencia.
La ciencia no es una colección de dogmas. Es un sistema de depuración de errores.
Una idea científica no vale porque suene profunda.
Vale porque explica, predice y resiste intentos serios de refutación.
La gravedad no es verdadera porque Newton o Einstein fueran genios. Es verdadera en la medida en que sus modelos permiten explicar caídas, órbitas, mareas, lentes gravitacionales, GPS y agujeros negros con una precisión extraordinaria.
La ciencia no elimina todos los sesgos, pero es el mejor mecanismo que inventamos para pelear contra ellos.
Karl Popper: una teoría científica debe poder fallar
Karl Popper propuso una idea fundamental: La falsabilidad.
Popper propuso que una teoría científica debe exponerse a la posibilidad de ser refutada: tiene que realizar afirmaciones que puedan entrar en conflicto con la observación (Popper, 1959).
La falsabilidad no resuelve todos los problemas de la ciencia, pero establece un criterio importante:
Una explicación que no puede equivocarse nunca tampoco puede enseñarnos demasiado.
Las mejores teorías científicas son vulnerables a la realidad. Se exponen al golpe de los hechos. Y cuando sobreviven a miles de pruebas, ganan fuerza.
No se vuelven absolutas. Se vuelven confiables.
Thomas Kuhn: la ciencia también cambia de paradigma
Thomas Kuhn mostró que la ciencia no avanza siempre de manera lineal. A veces trabaja dentro de un marco general, un paradigma, hasta que se acumulan anomalías que ese paradigma no puede resolver. Entonces puede ocurrir una revolución científica.
- Pasó con los antiguos filósofos, que creian que todo estaba hecho de aire, fuego, tierra, y agua.
- Pasó con Copérnico, cuando la Tierra dejó de ser el centro del cosmos.
- Pasó con Newton, cuando el movimiento y la gravedad se unificaron matemáticamente.
- Pasó con Einstein, cuando espacio y tiempo dejaron de ser absolutos.
- Pasó con la mecánica cuántica, cuando la materia dejó de comportarse como pequeñas bolitas clásicas.
Esto no significa que la ciencia sea “subjetiva” en el sentido vulgar. Significa que incluso la ciencia interpreta los datos desde marcos teóricos.
Pero no cualquier paradigma gana. Gana el que explica más, predice mejor, resuelve anomalías y abre nuevas investigaciones.
La historia de la ciencia no es una caminata recta hacia la verdad absoluta. Es más parecida a una serie de mapas cada vez mejores. Algunos mapas antiguos eran útiles en ciertas escalas. Newton sigue funcionando muy bien para construir puentes o calcular trayectorias cotidianas. Pero para velocidades cercanas a la luz o campos gravitatorios extremos, necesitamos a Einstein.
Una teoría puede no ser “la verdad final” y aun así ser profundamente verdadera dentro de su dominio.
Objetividad y subjetividad: no todo tipo de verdad es igual
Una confusión común es decir: “cada uno tiene su verdad”. Depende. Como analicé en el artículo sobre objetividad y subjetividad, separar ambos conceptos a veces puede volverse complejo. Pero las matemáticas y la física pueden guiarnos.
Si hablamos de experiencias internas, hay un componente subjetivo real. Si alguien dice “me duele”, “tengo miedo”, “esto me emociona”, esa vivencia pertenece a su mundo interno. No puedo medirla de la misma forma en que mido la temperatura de un metal.
Pero si alguien dice “la Tierra es plana”, “las vacunas no funcionan” o “la gravedad no existe”, ya no estamos en el territorio de la subjetividad personal. Estamos haciendo afirmaciones sobre el mundo externo. Y ahí no todas las opiniones valen lo mismo.
Podemos distinguir:
Verdades objetivas
Son independientes de lo que sentimos o creemos.
Ejemplo: la Tierra orbita alrededor del Sol; la velocidad de la luz es de 299.792.458 metros por segundo; el agua está formada por moléculas de hidrógeno y oxígeno, etc.
Verdades subjetivas
Dependen de la experiencia interna de un sujeto.
Ejemplo: “esta canción me entristece”; «este equipo de futbol juega mal»; «esta persona es negativa».
Verdades intersubjetivas
Existen porque muchos humanos las sostienen colectivamente.
Ejemplo: el dinero, las leyes, las fronteras, los títulos universitarios, las marcas, las instituciones. Son ficciones colectivas que convenimos los seres humanos, para organizarnos de mejor manera.
Un billete de mil pesos no tiene valor físico por sí mismo. Su valor depende de una red de confianza colectiva. Es una ficción compartida, pero no por eso es irrelevante. Las ficciones intersubjetivas organizan civilizaciones enteras.
Entonces, decir “todo es subjetivo” es falso. Y decir “todo es objetivo” también es ingenuo.
La realidad humana está hecha de capas:
- materia,
- vida,
- mente,
- lenguaje,
- cultura,
- instituciones,
- interpretaciones.
Cada capa tiene su propio tipo de verdad.
¿Existe la verdad absoluta?
Acá entramos en terreno delicado.
Desde una posición realista, podríamos decir que sí: existe una manera en que la realidad es, independientemente de nosotros. El universo tenía estructura antes de que aparecieran cerebros capaces de pensarlo.
Las galaxias se formaban antes de la filosofía.
Los átomos obedecían regularidades antes de la ciencia.
La selección natural operaba antes de Darwin.
La gravedad curvaba trayectorias antes de Einstein.
En ese sentido, parece razonable pensar que existe una verdad objetiva: el estado real de las cosas.
Pero otra cuestión distinta es si nosotros podemos conocer esa verdad de manera completa.
Ahí la respuesta más prudente sería:
Podemos aproximarnos a la verdad, pero probablemente nunca poseerla de forma total, final y absoluta.
¿Por qué?
Porque somos sistemas finitos intentando comprender una realidad inmensa. Tenemos cerebros limitados, instrumentos limitados, tiempo limitado, lenguaje limitado y modelos matemáticos que, aunque poderosos, pueden no capturar todos los niveles de la realidad.
Además, algunas áreas pueden tener límites fundamentales:
- En mecánica cuántica, hay límites a lo que puede conocerse simultáneamente de ciertos sistemas.
- En matemáticas, los teoremas de incompletitud de Gödel demostraron que, bajo determinadas condiciones, todo sistema formal consistente y suficientemente expresivo para representar la aritmética contiene enunciados que no pueden demostrarse dentro del propio sistema (Gödel, 1931)
- En física, puede haber horizontes cósmicos más allá de los cuales nunca recibiremos información.
- En computación, existen problemas indecidibles.
- En neurociencia, la conciencia sigue siendo difícil de reducir completamente a mecanismos objetivos.
Esto no destruye la búsqueda de la verdad. La vuelve más humilde.
La verdad absoluta puede existir.
Nuestro acceso a ella puede ser asintótico: acercarnos cada vez más, sin tocarla del todo.
Como una curva que se aproxima a una línea, pero nunca la alcanza.
¿El método científico puede responderlo todo?
Considero personalmente que no. Y es importante aclarar por qué.
El método científico es el mejor método que tenemos para estudiar fenómenos observables, medibles, modelables y contrastables. Es extraordinario para responder preguntas como:
- ¿Cómo se formó el universo observable?
- ¿Cómo funciona una célula?
- ¿Qué causa una enfermedad?
- ¿Cómo se comporta la materia?
- ¿Qué intervención médica funciona mejor?
- ¿Qué predicción hace este modelo?
Pero hay preguntas que la ciencia puede iluminar sin resolver por completo. La realidad es mucho más compleja de lo que podemos percibir e investigar. En términos estrictamente físicos, el universo (del que formamos parte), no tiene ningún propósito o sentido intrínseco. Somos partículas vibrando en campos cuánticos que surgieron por azar. Por lo tanto, hay preguntas que el método científico y la ciencia no pueden (ni deben) responder. Por ejemplo:
¿Qué debo hacer con mi vida?
La ciencia puede estudiar bienestar, vínculos, salud mental, motivación, propósito. Pero no puede decidir por vos qué vida vale la pena vivir.
Puede no decirnos el sentido final de la existencia, pero sí puede evitar que confundamos deseo con evidencia, miedo con intuición, tradición con conocimiento, y opinión con realidad.
La filosofía pregunta mejor.
La ciencia prueba mejor.
La sabiduría humana necesita ambas.
¿Existirán respuestas para todas las preguntas?
Depende de qué entendamos por “todas”.
Es posible que muchas preguntas actuales tengan respuesta en el futuro. La historia muestra que misterios que parecían imposibles terminaron encontrando explicación: los rayos, las enfermedades infecciosas, la herencia genética, la edad de la Tierra, la evolución de las especies, la composición de las estrellas.
Durante siglos, no sabíamos de qué estaba hecho el Sol. Hoy conocemos su composición, su fuente de energía y su evolución probable.
Esto debería darnos esperanza epistémica: muchas ignorancias actuales son temporales.
Pero también hay razones para pensar que no todas las preguntas tendrán respuesta accesible para nosotros. Como exploré en el artículo sobre los límites del conocimiento, hay límites marcados a los cuales no podemos acceder:
- Puede haber límites físicos: información que nunca llegará a nuestro horizonte cósmico.
- Puede haber límites computacionales: problemas imposibles de resolver en tiempo práctico.
- Puede haber límites lógicos: sistemas que no pueden demostrar todas sus verdades desde dentro.
- Puede haber límites cognitivos: preguntas que superan la arquitectura mental humana o de cualquier tecnología que podamos inventar.
Una hormiga no puede entender la teoría general de la relatividad. No porque le falte voluntad, sino porque su sistema cognitivo no está diseñado para eso.
La pregunta incómoda es:
¿habrá verdades para las cuales nosotros somos la hormiga?
La verdad en tiempos de exceso de información
Vivimos en una época extraña. Nunca hubo tanta información disponible.
Y nunca fue tan fácil confundirse.
Internet multiplicó el acceso al conocimiento, pero también multiplicó la desinformación. Hoy una persona puede leer papers científicos, ver clases de física, consultar bases de datos y aprender de universidades enteras desde su casa. Pero también puede encerrarse en una burbuja algorítmica que le confirme cualquier delirio.
El problema moderno no es solo la falta de información. Es el exceso de información sin jerarquía.
Todo parece estar al mismo nivel: un paper revisado por pares, un video viral, una frase motivacional, una teoría conspirativa, una opinión emocional, una estadística mal interpretada.
Por eso, buscar la verdad hoy exige una virtud rara:
No alcanza con preguntar “¿esto me gusta?”. Hay que preguntar:
- ¿Qué evidencia tiene?
- ¿Cómo se obtuvo esa evidencia?
- ¿Puede ser refutado?
- ¿Qué predice?
- ¿Quién lo afirma?
- ¿Hay consenso experto?
- ¿Qué dicen las mejores fuentes contrarias?
- ¿Estoy creyendo esto porque es verdadero o porque me conviene emocionalmente?
Porque muchas veces no creemos lo que es más verdadero. Creemos lo que nos calma, nos identifica o nos da pertenencia. Y ahí la verdad se vuelve también un acto de valentía.
Aceptar la verdad puede doler. Puede romper una identidad, una creencia familiar, una ideología, una relación o una imagen de uno mismo. Pero vivir lejos de la verdad tiene un costo más profundo: uno termina habitando una realidad falsa, y tarde o temprano la realidad real pasa factura.
La verdad como aproximación: modelos, mapas y humildad
Una buena forma de pensar la verdad es esta:
Nuestras teorías son mapas, no el territorio.
Un mapa puede ser útil sin ser idéntico al mundo. Un mapa de rutas sirve para viajar. Un mapa geológico sirve para estudiar rocas. Un mapa político sirve para entender fronteras. Ninguno agota la realidad.
Lo mismo pasa con las teorías.
- La física clásica es un mapa.
- La relatividad es otro mapa.
- La mecánica cuántica es otro.
- La biología evolutiva es otro.
- La psicología cognitiva es otro.
- La economía es otro, más inestable y dependiente del comportamiento humano.
El error aparece cuando confundimos el mapa con el territorio.
La ciencia progresa creando mapas más precisos, más amplios y más predictivos. Pero siempre pueden aparecer nuevos datos que obliguen a redibujar una parte.
Esto no debe llevarnos al relativismo, sino a una forma más madura de realismo:
Hay una realidad objetiva, pero nuestras representaciones de ella son provisionales.
Esa es una de las mejores actitudes mentales posibles: convicción proporcional a la evidencia, pero apertura a la corrección.
Entonces, ¿Cuál es el mejor camino hacia la verdad?
El mejor camino no es una sola herramienta. Es una combinación.
Para el mundo físico: ciencia.
Para la coherencia conceptual: filosofía y lógica.
Para la experiencia interna: introspección crítica, psicología y diálogo.
Para la vida práctica: sabiduría, evidencia, valores y consecuencias.
Para las sociedades: historia, ciencias sociales, teoría de juegos, economía, antropología y ética.
Precisamente, lo que intento hacer con este proyecto de Meditaciones Modernas, es filtrar lo importante del ruido, y acercarme cada vez más a la verdad, mientras la comparto con el mundo.
Si tenemos que elegir el método más confiable para conocer la realidad externa, el método científico está primero.
No porque sea perfecto. Sino porque es autocorrectivo.
- La religión puede dar sentido.
- La filosofía puede dar claridad.
- El arte puede mostrar verdades emocionales.
- La introspección puede revelar estados internos.
- Pero la ciencia tiene algo único: obliga a que nuestras ideas choquen contra el mundo.
Y el mundo no negocia.
Si una teoría está mal, tarde o temprano falla. Si un puente está mal calculado, cae. Si una medicina no funciona, los datos lo muestran.
Si una predicción cosmológica es falsa, el telescopio la contradice.
La ciencia es el diálogo más honesto que tenemos con la realidad.
Conclusión
La verdad no es simplemente “lo que cada uno siente”.
Tampoco es algo que podamos poseer con arrogancia absoluta.
La verdad, si queremos decirlo de manera honesta, es el intento de que nuestras creencias se parezcan lo más posible a la estructura real de las cosas del mundo exterior.
A veces la encontramos con experimentos.
A veces con matemáticas.
A veces con lógica.
A veces con diálogo.
A veces aceptando que estábamos equivocados.
Y quizás esa sea la parte más difícil.
Porque buscar la verdad no es solo acumular información. Es estar dispuesto a dejar morir versiones anteriores de uno mismo.
La ciencia nos enseña algo profundamente humano: no avanzamos porque nunca nos equivocamos. Avanzamos porque aprendemos a corregirnos.
Tal vez nunca lleguemos a la verdad completa.
Tal vez haya preguntas que superen para siempre nuestra mente.
Pero cada vez que distinguimos evidencia de deseo, realidad de relato, conocimiento de opinión, damos un paso fuera de la caverna.
Y aunque la luz duela un poco, sigue siendo mejor que vivir mirando sombras.
Pregunta para pensar:
Si descubrieras que una de tus creencias más importantes es falsa, ¿preferirías saberlo o seguir viviendo tranquilo dentro de esa ilusión?
Articulos relacionados:
Síntesis visual del artículo

Bibliografía y referencias
- Aristóteles. (1998). Metaphysics (H. Lawson-Tancred, trad.). Penguin Classics. Obra original del siglo IV a. C
- Descartes, R. (1641/1996). Meditations on First Philosophy (J. Cottingham, trad.). Cambridge University Press.
- Gödel, K. (1931). Über formal unentscheidbare Sätze der Principia Mathematica und verwandter Systeme I. Monatshefte für Mathematik und Physik, 38, 173-198.
- Kant, I. (1781/1787/1998). Critique of Pure Reason (P. Guyer & A. W. Wood, trads.). Cambridge University Press.
- Kuhn, T. S. (1962/2012). The Structure of Scientific Revolutions (4.ª ed.). University of Chicago Press.
- Nietzsche, F. (1873/1979). On truth and lies in a nonmoral sense. En Philosophy and Truth: Selections from Nietzsche’s Notebooks of the Early 1870s. Humanities Press.
- Platón. (1992). Republic (G. M. A. Grube, trad.; C. D. C. Reeve, rev.). Hackett. Obra original del siglo IV a. C.
- Popper, K. R. (1959). The Logic of Scientific Discovery. Hutchinson.


Deja una respuesta